jueves, 29 de abril de 2010

¿ QUIENES SON LOS MISIONEROS?

La vocación misionera comenzó así…
Todos hablaban de él, de cómo era, de lo que hacía, de la doctrina nueva que predicaba. Cada cual comentaba a su manera, manifestaba distintas opiniones, tomaba diversas posturas. Su nombre: Jesús de Nazareth, Jesucristo. Fue un ciudadano de Israel, colonia del Imperio Romano. Nació hace poco más de 2.000 años en Belén, hijo de una joven Virgen llamada María.
Vivió su infancia y juventud en Nazareth como uno más del pueblo, un carpintero. Cuando tenía unos treinta años se lanzó por los caminos a predicar el Reino de Dios y la salvación del hombre, a decirnos cómo podíamos hacernos más plenamente personas y así vivir mejor. Reunió a doce amigos: Pedro, Santiago, Juan, Lucas, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, Tadeo, Santiago hijo de Zebedeo, Simón y Judas, gente como él que no tenían riquezas ni mucha cultura.
Durante dos años convivió con ellos y les compartió la Buena Noticia que Dios Padre le había eviado a predicar. El pueblo lo siguió y lo quiso porque nadie jamás había hablado como El, ni los políticos, ni los doctores, ni los sacerdotes. Nadie, porque El era el Hijo de Dios. Dios Padre, que quiere que todos se salven, había enviado a su hijo Jesucristo (el Misionero del Padre) a anunciarle a la humanidad que el Reino de los Cielos estaba cerca, que había que creer en El y convertirse a una vida nueva, a una vida de hijos de Dios...
Iba siempre rodeado de gente pobre y pasaba haciendo el bien a todos. Remediaba necesidades, enseñaba una nueva forma de vivir. Se declaró Hijo de Dios porque lo era, y por eso lo mataron, aunque pusieron otras excusas: que era un blasfemo, un revolucionario. Selló con su muerte sus palabras. Murió en una cruz porque fue fiel hasta el fin al amor. Murió para salvarnos.
Pero al tercer día resucitó y antes de irse definitivamente confirmó la universalidad de su mensaje y de su salvación. Jesucristo se apareció a sus discípulos y les ordenó: "Vayan por todo el mundo, prediquen el Evangelio a todas las gentes". Claro: él solo había logrado alcanzar ese pedacito de mundo que era Israel, pero había venido para todos, había salvado a todos. Los suyos, los bautizados debían y debemos compartir aquella salvación. En un primer momento, los discípulos titubearon, no comprendieron el mandato. Pero pocos días después, recibieron el Espíritu Santo y entonces comprendieron la misión que Jesucristo les había encomendado. Misión es evangelizar, es dar a todos lo que es de todos: la salvación.
Evangelizar es dar a conocer a Jesucristo a los que no lo conocen es la responsabilidad fundamental de los cristianos, constituye su misma identidad. El Espíritu les dio la fuerza y la valentía para proclamar a todo el mundo la Buena Noticia y los impulsó hasta los confines de la tierra.
Se fueron. No titubearon un solo instante. Se repartieron el mundo entonces conocido y fueron predicando: Asia menor, Grecia, Roma, las primeras etapas de la gran empresa misionera que debía llegar hasta los confines de la tierra. Poco a poco fueron llevado el mensaje de Jesucristo a todas partes. Cuando América fue descubierta, junto a los colonizadores llegaron también misioneros para anunciar en estas tierras la Buena Nueva.
Son los misioneros, enviados con la tarea específica de anunciar a Jesucristo a aquellos que aún no lo conocen, fundar la Iglesia donde todavía no existe y proclamar a todos que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.
Sin embargo, hoy constatamos con tristeza que las cosas no van bien. Es más: van mal. El balance es decepcionante. "Vayan por todo el mundo, prediquen el Evangelio a todos, bauticen", son palabras que suenan a mandato, orden de trabajo, urgencia, compromiso de trabajo. ¿Por qué después de casi dos mil años sólo se ha anunciado a la cuarta parte de la humanidad? ¿Por qué quedan tres cuartas partes de la humanidad sin conocer a Jesucristo? De continuar a ese ritmo, en la mejor de las hipótesis necesitamos 6.000 años más para evangelizar al resto de la humanidad. Sin tomar en cuenta que las estadísticas actuales indican que no mantenemos el ritmo, que la evangelización procede más lentamente que el aumento de la población, que los misioneros en vez de aumentar, disminuyen.
Somos todos misioneros. Es una afirmación muy bonita, pero muy poco tomada en serio. Nadie que crea en Cristo puede lavarse las manos en este compromiso. No hay descanso mientras quede un solo hombre sin saber que Cristo ha venido a salvarlo, a salvar a todos.
La vocación misionera es esencialmente un llamado que Dios hace a quien quiere, para un servicio especial a los más pobres y marginados espiritualmente para llevarles el amor de Cristo. Es "un santo desespero" por que Cristo sea conocido y amado. El misionero ha comprendido que nadie es más pobre que quien no conoce a Jesucristo. Va, habla, actúa, inventa, se deshace. Da la vida para que todos lleguen pronto al conocimiento de la verdad y tengan vida verdadera. Nada ni nadie lo detiene en esta marcha evangelizadora, y cuando ha sembrado la fe y ha logrado construir una comunidad cristiana capaz de vivir por sí misma, lo deja todo y se marcha nuevamente. Otros hermanos más pobres lo esperan. No puede detenerse a cultivar: él es un sembrador. Al detenerse traicionaría su vocación misionera.
Todos estamos llamados a ser misioneros. Todos, dentro de nuestras posibilidades, podemos sumarnos a esta tarea grandiosa de anunciar a Jesucristo hasta los confines de la tierra. La Iglesia actual brinda distintas posibilidades para encauzar las inquietudes misioneras de religiosos y laicos.